Víctor Valdés lava los trapos sucios

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El ex futbolista del Barça, actualmente en el Standard Lieja, resuelve los problemas pendientes

Víctor Valdés defiende la portería del Standard Lieja en la Liga de Bélgica | SL

13 de abril de 2016 (21:48 CET)

Víctor Valdés empieza a levantar cabeza tras la tormenta. El ex portero del Barça deja atrás una época oscura en su vida, en la que ha sentido en sus carnes la más absoluta soledad, para volver a ser feliz. Su regreso a los terrenos de juego, con el Standard Lieja, ha sido un aspecto importante. También la conquista de un título –la Copa de Bélgica– como titular. Aunque más fundamental, si cabe, ha sido la reconciliación con su familia. Ha lavado los trapos sucios.

Sus últimos dos años en Barcelona no fueron sencillos. Valdés, molesto con la dirección deportiva del Barça por no valorar su trabajo como él consideraba, optó por marchar del club en busca de un destino desconocido, donde además de un buen salario se iba a asegurar una alta prima de fichaje. La historia es de sobra conocida. Se rompió los cruzados de la rodilla y el club con el que tenía un acuerdo cerrado, el Mónaco, faltó a su palabra y dejó al guardameta colgado.

Viejos enfados

Los enfados de Valdés con el Barça y el Mónaco no fueron los únicos que marcaron aquella etapa. El portero también atravesó importantes problemas familiares. Por un tiempo dejó de hablarse con sus padres y su hermano Ricardo. Valdés asumió el control de todos sus negocios, que solía gestionarlos su padre, José Manuel, y empezó a desprenderse de patrimonio. En poco más de un año vendió cinco casas distintas: cuatro en Gavà y una en Mont-ras.

El tiempo pasa, la gente reflexiona y los viejos enfados se olvidan. Valdés ya no era el mejor portero de la historia del Barça –aunque sus récords ahí quedan y será difícil que otro los supere– que defendía con orgullo los colores de su club. Sufrió con la rodilla, sufrió con el desplante del Mónaco y, cuando parecía que en Manchester salía el sol con la llamada de Louis van Gaal, se dio cuenta de que había escogido la ciudad más gris del mundo. Tampoco allí fueron las cosas bien.

La familia firma la paz

Y por más terco que uno sea, y por más temperamento que tenga, al final, cuando las cosas salen mal una y otra vez, hasta el más orgulloso necesita a su familia. Ayuda, comprensión, un abrazo. Todos recapacitaron. Los padres y hermanos de Valdés no le fallaron, tendieron la mano a su Pantera de L'Hospitalet (aunque él siempre reivindica que es de Gavà) y resolvieron las rencillas pendientes. La relación, al fin, se ha normalizado.

La gran preocupación de los Valdés pasa, ahora, por quitar de la cabeza al joven Dylan la vena madridista que le ha salido. Seguro que entre todos no tardarán demasiado en inculcar al primogénito del portero, de seis años, el amor que la familia Valdés respira desde siempre por el Barça. Una anécdota que no empaña la realidad: Valdés vuelve a ser un hombre feliz.

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