Sacchi | EFE

Anécdotas, chismes y un apodo del Milan de Sacchi, Van Basten, Gullit y Rijkaard

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El técnico italiano fue y es un referente para Zidane, Pep Guardiola, Klopp, Rijkaard, Ancelotti y compañía

31 de mayo de 2019 (10:31 CET)

Italia siempre ha olido a ‘catenaccio’. El fútbol italiano ha vivido reñido con el ataque en tromba, el control del esférico y la goleada, para apostar por un modelo plagado de defensas, en el que se primaba el puntapié a la floritura y en el que se aplaudía la victoria aunque fuera por la mínima con una excepción: el Milan del “Don Nadie” que fue y es un referente para Zidane, Pep Guardiola, Klopp, Rijkaard, Ancelotti y compañía. 

La prensa italiana disparó con bala cuando una tarde Silvio Berlusconi, el empresario que había tomado el control del Milan para subirlo a lo más alto, preguntó a uno de sus fieles colaboradores: "¿Cómo se llama el entrenador del Parma?". "Arrigo Sacchi", contestó el interlocutor. "¿Arrigo qué?", cuentan que insistió Silvio con cara de asomo. “Sacchi, Arrigo Sacchi”, reiteró aquel hombre al máximo mandatario.  

El Milan acababa de caer en la Copa de Italia de la mano del Parma de Arrigo, un equipo recién ascendido, y Berlusconi jamás volvería a olvidar ese nombre.

El capo de la entidad lombarda, el mismo día que anunciaba la contratación de Sacchi por el club ‘rossonero’, tuvo que leer mofas y risas en la diarios de la época que no daban un duro por la apuesta innovadora de Berlusconi, un Sacchi al que la prensa apodó como el “Don Nadie”. La burla duraría poco.

La dupla formada por Berlusconi y Sacchi transformaría el calcio desde su unión en 1987 y dejaría un legado único que aún hoy persiste.

Silvio Berlusconi

El equipo que pudo con la 'Quinta del Buitre'

La apuesta de Silvio dio como resultado a una de las grandes maravillas del fútbol y noches que perduran en la memoria del futbolero. Una escuadra que dejaría a uno de los mejores Real Madrid de todos los tiempos, el de la ‘Quinta del Buitre’, sin la Copa de Europa del 89, título que el Milan levantaría aquel año ante el Steaua de Bucarest y que consagraría a los de Sacchi tras eliminar al equipo español en las semifinales, con un 5-0 en San Siro.

Hace ahora 30 años, el entonces entrenador del aquel Madrid imbatible, Leo Beenhakker, envió a Milanello, al entrenamiento del Milan en la previa del duelo, a uno de sus ayudantes. El ‘espía’ de Beenhakker regresó al hotel tan sobresaltado por lo que había presenciado que dejó a los Butragueño, Hugo Sánchez y compañía con la boca abierta: el ‘scout’ nunca había visto un entreno semejante, un equipo jugando un partido sin balón, a campo completo, y sin oponentes, pero como si todo eso existiera de verdad sobre el césped; mientras Sacchi ordenaba y mandaba las líneas. Muchos en el hotel del Madrid no entendieron nada hasta que horas después el luminoso del feudo milanista reflejó una ‘manita’ para la historia.

El Milán de Sacchi representó un soplo de aire fresco con un fútbol alegre en el que la perseverancia, el esfuerzo y la innovación eran el centro de todo. Un proyecto que, pensando en las personas, conquistó a su gente y alcanzó sus objetivos de la mano de un ser, para muchos, irrepetible.

Y es que nada mejor que las anécdotas y chismes para explicar las obsesiones de Sacchi, sus manías metódicas, su tesón táctico e invenciones constantes, y como logró ganarse a sus jugadores.

La apuesta de Sacchi

En sus primeros días en el Milan el mensaje de Sacchi no cuajaba en el vestuario. Entre los dudosos estaban Gullit y Van Basten a los que el entrenador retó para terminar con el lío. Les pidió que formaran un equipo de diez para medirse a una selección de cinco futbolistas de Sacchi en la que había Giovanni Galli, Tassotti, Filippo Galli, Baresi y Maldini. La apuesta consistía en que Gullit, Van Basten y compañía debían marcar la menos un gol atacando durante 15 minutos contra un portero y cuatro defensas que seguían las directrices de Arrigo. No lo lograron.

Sacchi trabajaba en sesiones de siete horas, con métodos únicos. Para perfeccionar el posicionamiento en la medular y la defensa, clave para desplegar un torrente de recursos en ataque nunca vistos, unía a los jugadores con cuerdas – “¡Nos ataba!”, relataba el joven Maldini entre risas reconociendo el invento-, y así mantenía las distancias ideales entre posiciones que luego el equipo fijaba en los partidos.

El pequeño entrenador italiano no dejaba indiferente a nadie. Cuentan que después de concluir su primera concentración de temporada con Sacchi, el portero Giovanni Galli regresó a su casa, pero era incapaz conciliar el sueño. Su mujer le preguntó: “¿Qué ocurre, Gio?”. Y respondió: “Estoy pensando que mañana debo volver a verle”.

En otra ocasión, Arrigo se enteró de que Andrea, el bebé de Roberto Donadoni, estaba enfermo y mantuvo una conversación por teléfono que el propio Roberto desvelaría tiempo después: “Sí, Roberto, hola. ¿Cómo está el niño? ¿Y tu esposa? Cualquier cosa que necesitéis, no dudéis en avisad. Contad con el club y conmigo…”. “Gracias señor Sacchi, no se preocupe”, explicaba que respondía Donadoni. “No. Insisto. Cualquier cosa necesaria para el niño…”. “No, no, estamos bien”, respondía un Roberto que ejemplificaba la dedicación de Sacchi al Milan y al fútbol con el desenlace final de la conversación: “Por cierto Roberto, perdona que aproveche la llamada, pero quería comentarte que en el próximo entrenamiento voy a trabajar la presión en el sector derecho del centro del campo. Necesitaría que…”.

Gullit

"Mientras como, no"

Sacchi también era famoso por usar las pizzas de la cena de la plantilla para componer un terreno de juego, donde las olivas ejercían de futbolistas, incluso Van Basten, su gran estrella, le había llegada a decir “Mientras como, no”, para frenar uno de los mil apuntes tácticos del italiano.

Y es que a Arrigo era normal verle en el parking de Milanello dibujando detalles tácticos sobre el vaho de las ventanillas de un coche de alguno de sus futbolistas o improvisando jugadas de estrategia con botellines de agua.

Sacchi, fiel a sus ideas, definió una filosofía reconocible para un Milán campeón que supo compaginar la disciplina con la libertad en el campo a los Van Basten, Gullit o Rijkaard para que explotaran al máximo su talento por el bien del proyecto común.

Un Milan único, irrepetible, que se resume en una idea: la valentía y la visión que tuvieron los emprendedores del proyecto, Silvio Berlusconi, y otro pilar fundamental, Ennio Doris, socio de Silvio y fundador de Grupo Mediolanum, patrocinador principal de aquel Milan. Hombres que pusieron en marcha un modelo distinto, adelantado a su tiempo, que marcó una época y anticipó el futuro.

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