Premios

10 de septiembre de 2012 (11:02 CET)

Hay premios que los carga/concede el diablo. Vaya por delante que yo, salvo honrosas excepciones, soy poco creyente (por no decir ateo) a esta liturgia, generalmente sujeta al albur de réditos económicos, de grupo, de partido o, lo más frecuente, de amistad. La industria cinematográfica de Hollywood inventó los Oscar y, durante los primeros años, los estudios se los repartieron en función de un interesado equilibrio empresarial. Que gente como Welles, Kubrich, Lloyd, Chaplin o Hitchcock, no hayan conocido al tío Oscar, manda huevos, que diría Trillo. A finales del siglo pasado una escritora, hoy miembro de la Real Academia, me contó a la vera de un hermoso patio nazarí cómo le habían concedido un galardón literario. Con el manuscrito ya en la editorial con la que trabajaba, recibió una llamada telefónica. Era su agente, le comunicaba alborozado que si se presentaba al premio en cuestión estaría entre las finalistas. Ocioso es aclarar que el galardón lo concedía una editorial rival. Su sorpresa fue mayúscula cuando comprobó que en vez de la pedrea, se había llevado el gordo. Y con esto no estoy escribiendo que la señora no lo mereciera, al contrario. Es una muy buena escritora y, su libro, excelente.

El deporte en general, y el fútbol, en particular, tampoco es ajeno a estas componendas. El Balón de Oro, por ejemplo, por mucho que le ponga como una motoGP a CR7, hace tiempo que dejó su prestigio entre polvorientos cajones de la redacción de France Football; la revista elaboraba la lista de nominados. Hoy, auspiciado por la FIFA, no va más allá de un TP de Plata. Que tipos como Simonsen, Papin, Baggio, Owen, Nedvëd, Cannavaro o Stoichkov, estén en posesión del Balón de Oro, y no lo tengan, por citar a varios y me dejó a unos cuantos, Netzer, Gento, Baresi, Amancio, Maldini, Schuster, Butragueño, Weah, Raúl, Hugo Sánchez o Xavi, es un crimen de lesa humanidad que debería ser juzgado por la Corte Penal Internacional de La Haya. Pero si da cierta grima echar una ojeada a la nómina de galardonados con el Balón de Oro, lo del Premio Príncipe de Asturias de los Deportes es para fumar cacahuetes en pipa en una droguería.

El Premio Príncipe de Asturias de los Deportes no es que esté desprestigiado, no. Es mucho peor. Politiquería del tres al cuarto con apuntes cerpetovetónicos, que diría Cela. De 25 ediciones, nada menos que 12 (si contamos a Juan Antonio Samaranch) han ido a parar a deportistas, o equipos, de la marca España. Con algunos episodios francamente bochornosos. Baste recordar el premio al primer campeonato mundial de F1 de Alonso, en detrimento del alemán Michael Schumacher, que tenía siete; luego lo arreglaron, pero la gamba ya la habían metido. O el ridículo planetario de optar por la canarinha justo el año del centenario del Real Madrid, con el agravante (o escarnio) de que el club blanco tuvo que jugarse los votos con María Mutola. Apuesto pincho de tortilla y caña a que son poquitos los que saben quién es María Mutola sin tirar de Google. El último eslabón, corolario de lo anterior, ha sido otorgar el Premio Príncipe de Asturias de los Deportes 2012 a dos futbolistas por su buen rollito. Aunque si la cosa iba de flower power, podían haber empezado por la selección española de waterpolo femenino que, además, fue plata en Londres. Pero eso, me temo, es anecdótico. Se trataba de salir en la foto y que esta diera la vuelta al mundo. Y para ello nadie mejor que con Xavi e Iker.



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