'Independència'

24 de septiembre de 2012 (11:00 CET)

La tristeza no es privativa de Cristiano Ronaldo. Hubo un tiempo, no lejano, en que Pep Guardiola también estaba tristón, tan tristón como pueda estarlo ahora CR7. "¿Guardiola, triste?", se preguntó una vez José Luis Núñez. "Esta noche saldré para ver si lo encuentro en algún sitio divirtiéndose", añadió quien, probablemente, haya sido uno de los mejores presidentes de la historia del Barça. Por aquellos días (finales de 1993) la plantilla andaba metida en líos y se negaba, a instancias de Cruyff, a promocionar la Fundació FCB. A Núñez, aquella cerrazón de los jugadores azulgrana, le parecía inconcebible porque estaba convencido de que la fundación haría que todos pudieran cobrar en el futuro, y creía que las tensiones del vestuario obedecían a un "problema de ricos". De pelas, para entendernos. Y es que el histórico cuatro del FC Barcelona siempre ha sido muy mirao para este tipo de cuestiones. Ya un año antes, como sindicalista de AFE, se había destacado en reivindicar una prima de la federación en el caso de que los olímpicos de Vicente Miera alcanzaran el oro en Barcelona-92, como así ocurrió. Fue contra Polonia, en un Camp Nou entregado a la causa española como no se recordaba en el Estadi desde que Franco presidiera en 1960 una de aquellas demostraciones sindicales al estilo Ceaucescu de cada Primero de Mayo.

A pesar de que por entonces Guardiola ya tenía, supongo, a Miquel Martí i Pol como poeta de cabecera, nosaltres, ben mirat, no som més que paraules, y, a Llach, como su cantautor de inspiración divina, no le impedía reconocer que si habían alcanzado la gloria olímpica, se debía, fundamentalmente, a que formaban un grupo de jóvenes que compartían "mucho más que una gran pasión por el fútbol". En este sentido Pep siempre ha sido un poco aristotélico: piensa todo lo que dice, pero nunca dice todo lo que piensa. O si lo dice, a toro pasado. Lo vimos con los árbitros, con el Madrid, con Villar, con Rosell... y, ahora, con la independència de Catalunya. Postura política, dicho sea de paso, contra la que no tengo ningún tipo de reparo. Es más, si fuera por mí, mañana mismo, oiga. Aunque sorprende, eso sí, que no lo manifestara antes. Sabíamos que Guardiola era catalanista, sí. "¡Has jugado con el sentimiento de un país!", le espetó una noche a Losantos Omar en el Bernabéu. Pero ¿independentista? Independentista, no. Aunque lo pudiéramos sospechar. Claro que tampoco pretendo que todo el mundo sea tan suicida e idiota como yo, que no rindo la posición ni rodeado por un ejército de cabrones.

Con los tiempos revueltos que corren, lo más probable es que cuando regrese Guardiola del exilio dorado de Nueva York, Catalunya sea ya un país independiente y próspero, y si nos atenemos a lo dicho por Sandro Rosell, con el Barça jugando en la Liga que "más le guste". De la opinión que al respecto puedan tener otros equipos catalanes (Girona FC, CE Sabadell, UE Lleida, RCD Espanyol...), no sabe no contesta. A Pep, a Rosell, a Laporta, la que más les pone sería la Liga BBVA pero eso, la verdad, es un imposible de los imposibles. En el mejor de los casos el Barça estará encuadrado en la Ligue 1, con el PSG, Valenciennes y el Olympique de Marsella. Que son como el Real Madrid pero con acento francés. Lo único que ya no tengo tan claro es si el bueno de Pep Guardiola seguirá pensando que el personaje más importante de Santpedor es el Timbaler del Bruc.

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