El bochornoso problema del transporte en Qatar 2015

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El Mundial de balonmano se resiente con un sistema de desplazamientos atrasado y defectuoso

Un Chevrolet Corvette aparcado frente al Hotel Doha Melià; al fondo un autobús de obreros | V. Malo

26 de enero de 2015 (19:02 CET)

Fuegos de artificio. Es la sensación que transmite Doha nada más pisarla. Un desierto poblado a golpe de talonario, con una inabarcable muralla de rascacielos que devoran sin piedad las dos principales bahías de la zona y que iluminan la noche. Especialmente el West Bay, donde se sitúa el centro de negocios de la capital catarí, en fase de construcción y de repoblación. Las prisas se adelantan al timing razonable de cualquier obra de tales magnitudes y el transporte es uno de los aspectos que más se resiente.

Doha-Lusail, un trayecto de unos 30 km, se puede convertir en una pesadilla sobre el asfalto. Lo que a última hora de la noche se recorre en 25 minutos, es una odisea durante la tarde. En ocasiones, la duración del viaje llega a triplicar el tiempo estimado. El principal motivo, el exceso de tráfico detectado en una ciudad con pocos habitantes y muchos coches en proporción. Es extraño ver pasear a ciudadanos por el West Bay, en cambio, el vaivén de vehículos es constante.

Sin transporte público

Con el ánimo de que los periodistas no queden desatendidos, Qatar 2015 ha provisto a los hoteles donde se aloja la prensa de un servicio de autobuses que, durante la competición, salen cada 20 minutos. Ello ayuda a evitar aglomeraciones y otorga cierta independencia a cada periodista. Sin embargo, el indescifrable tiempo de duración de los trayectos obliga a salir rumbo a los estadios con el doble de antelación para prevenir posibles incidentes.

La única alternativa a este sistema son los taxis. Se recomienda negociar el precio antes de montar, pero en el caso que haya otra interminable caravana, sirven de poco. Sin embargo, son completamente necesarios para cualquier otra ruta que se salga de ir a los pabellones. El transporte público todavía es una utopía en Doha. Simplemente hay un servicio de autobuses que transporta a los obreros y trabajadores de servicios de sus urbanizaciones residenciales al trabajo y viceversa.

Lamborghinis quemando rueda

El ambicioso proyecto del metro está en proceso, con idea de terminar la primera parte en 2022, para acoger en condiciones el Mundial de fútbol. Como todo en Catar, costará una fortuna. Nada que no se puedan permitir los bolsillos sin fondo el emir Tamim bin Hamad Al Thani, que como ocurrió recientemente en España, asumió el trono de su país tras la abdicación de su padre en junio de 2013. Todo por el deporte. Al menos, ello es lo que se desprende de numerosos carteles que pueden leerse por la ciudad: Sport is our future.

A todo ello hay que sumar la conducción temeraria que frecuentan las calles de Catar. No es nada extraño cruzarse con Lamborghinis, Ferraris, Mustangs, Hummers o modelos míticos como el Chevrolet Corvette y el Dodge Viper, quemando rueda en anchas calles de tres o cuatro carriles donde brillan por su ausencia los pasos de peatones. De hecho, en muchos casos ni siquiera hay aceras transitables porque media ciudad está en obras.

Anarquía al volante

Hombres y mujeres conducen indistintamente. Ellas, normalmente, tapadas con el burka o el niqab negro, que solo deja los ojos a la vista. Aunque no es obligatorio que se tapen. Estos dos aspectos hacen de Catar uno de los emiratos más liberales. O, mejor dicho, menos estrictos. Es habitual ver conductores que hablan por teléfono, que infringen normas de circulación y que se exceden de la velocidad permitida, 50 km/h en ciudad. Reina una especie de anarquía al volante, y eso que solo es obligatorio llevar el cinturón de seguirdad en los asientos delanteros. 

La organización del Mundial, no sin empeño en presentar un evento perfecto, es principiante en este tipo de citas. Y se nota en pequeños detalles, como el transporte, que tratan de ser compensados con las lujosas instalaciones y el trato exquisito que se otorga a los periodistas. Todos instalados en hoteles cinco estrellas, con desayunos, comidas y cenas incluidas. Estas últimas, solo en los pabellones, pero no por ello menos espectaculares.

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