De la bancarrota a los 3.400 millones de beneficio anuales

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David Stern, el comisionado que transformó la NBA, abandonará su cargo en 2014 dejando un legado difícilmente equiparable

David Stern y su sucesor Adam Silver

26 de octubre de 2012 (20:15 CET)

Tres décadas dan para mucho. Especialmente si uno ha tenido la oportunidad de dirigir una liga como la NBA y convertirla en el negocio de gran proyección mundial que es en la actualidad. David Stern, aquel joven abogado que asumió las riendas de un campeonato ruinoso, es hoy un respetable dirigente de 70 años. El comisionado por antonomasia. Este jueves, Stern anunció que el 1 de febrero de 2014, el 30º aniversario de su toma de posesión, dejará su cargo a Adam Silver, su mano derecha desde 2006.

Ni el resplandor de Kareem Abdul-Jabbar o Julius Erving, ni la irrupción de talentos como Magic Johnson o Larry Bird. A inicios de los 80, la NBA era un campeonato en decadencia, víctima del conflicto entre la CBS y la ABC –el sexto partido de las Finales de 1980 ni se llegó a emitir en directo-, y al que los espectadores daban la espalda. Sus estrellas (afroamericanas en su gran mayoría) apenas mostraban interés por su público y el consumo habitual de sustancias ilegales había motivado en 1983 la aprobación de un estricto programa antidrogas, que no tardó en cobrarse sus primeras víctimas, los 'all star' John Drew y Michael 'Sugar' Ray Richardson.

Con esta herencia, Stern asumió las riendas el 1 de febrero de 1984. Faltaban meses para los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, en los que una nueva generación de jugadores –liderados por un tal Michael Jordan- mostró al mundo que el baloncesto estadounidense contaba con mimbres para regenerarse. Si a esto le sumamos la recuperación de la rivalidad Celtics-Lakers (curiosamente con la llegada de Stern, bostonianos y angelinos protagonizaron tres de las cuatro finales siguientes), el resultado fue el inicio de una recuperación paulatina, que treinta años después se traduce en 3.400 millones de euros de beneficio anuales y unas audiencias millonarias, ya no solo en territorio estadounidense, sino en los 215 países que siguieron las pasadas Finales en todo el mundo.

Expansión internacional y pabellones


El poso de los enfrentamientos entre Bird y Magic, el impacto mediático y comercial de Jordan –con su desembarco en Nike-, la caída del Telón de Acero con la posterior llegada de las estrellas de las antiguas Unión Soviética (Marcioulonis, Sabonis...) y Yugoslavia (Petrovic, Kukoc, Divac...), y los Juegos de Barcelona'92. Estos cuatro factores no solo marcaron la infancia de una nueva generación de aficionados, sino que multiplicaron de forma exponencial el interés por la NBA, que bajo el mandato de Stern ha abierto hasta once oficinas internacionales por todo el mundo. Primero en Europa, y posteriormente en China. Y es que ante la posibilidad de abrirse a un mercado de más de 1.300 millones de personas no hay ideología o régimen que valga. Y el mercado chino siempre ha sido una pieza demasiado codiciada, a la que el resto de ligas mayores estadounidenses no habían sido capaces de hincar el diente.

Al margen de la expansión internacional, el modelo de negocio de la liga con Stern se ha basado en el rendimiento económico de los pabellones, motivando decisiones controvertidas como el traslado de los Supersonics a Oklahoma City, tras la negativa del consistorio de Seattle a construir un nuevo recinto. De las 30 franquicias de la liga, 28 cuentan en la actualidad con un pabellón de última generación, a la espera de la construcción del nuevo multiusos de Oakland (California), valorado en unos 400 millones de euros, y de la reforma del Madison Square Garden, que podría ascender hasta los 700 millones. Un modelo que Stern también ha intentado exportar. Primero a Europa, donde gracias a su alianza con el grupo AEG gestiona recintos como el O² Arena de Londres o el O² World de Berlín; para posteriormente desviar sus intenciones hacia China, donde la oficina asiática de la liga supervisará la edificación por parte de AEG de una docena de estos recintos en los próximos 15 años. Una vez construidos los pabellones, la posibilidad de contar con una división china –el nivel de los equipos es lo de menos- será una realidad. Ahí está el negocio.

Sombras y papeletas

Además de los jugosos acuerdos con los chinos y del aumento de la popularidad de la liga lejos de los Estados Unidos, la gestión de David Stern también ha vivido capítulos oscuros que el comisionado y su equipo han conseguido difuminar. El más escandaloso, seguramente, fue el protagonizado por el excolegiado Tim Donaghy, encarcelado durante once meses tras haberse visto implicado en un turbio asunto de apuestas ilegales con la mafia de por medio, y que acusó directamente a las altas esferas de la liga de dar consignas a los árbitros para alargar algunas series intencionadamente. La final de la Conferencia Oeste de 2002 entre Lakers y Kings y su polémico sexto partido, en el que las decisiones arbitrales acabaron condenando a los de Sacramento, fueron seguramente el episodio más sospechoso de "manipulación" por parte de la liga, según Donaghy.

El no traspaso de Chris Paul a los Lakers por "razones baloncestísticas" –cuando la NBA era la propietaria de su franquicia de origen, New Orleans Hornets-, los conflictos con el sindicato de jugadores que motivaron hasta dos 'lockouts' o la imposición del código de vestimenta obligatorio también restaron popularidad a un Stern quien, no obstante, no deberá lidiar con la patata caliente de la renegociación de los derechos televisivos, que expiran en la temporada 2015/16. Éste será, sin duda, uno de los principales problemas que afrontará su sucesor, Adam Silver, quien deberá triplicar unos ingresos –considerados irrisorios- y que apenas ascienden hasta los 700 millones por temporada que abona desde 2007 el triunvirato formado por ABC, ESPN y TNT. De la magnitud de su mejora dependerá el respeto que le profesarán los propietarios de las franquicias y que, en resumidas cuentas, Silver viva a la sombra de los éxitos de Stern durante su mandato o sea capaz, por el contrario, de forjarse también su propio camino.

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