05 de septiembre de 2012 (15:20 CET)

Hay tipos que no pueden esconder su naturaleza humana. Cristiano Ronaldo es uno de ellos. A Cristiano se le ve llegar a la legua. Con él no hay medias tintas, se le nota todo, y a tiempo real: si está cabreado como una mona porque no le han dado el Balón de Oro, y se lo han entregado a Messi; si está contento porque le ha metido un gol a Valdés; si está melancólico porque el Bernabéu no eleva los decibelios de los aplausos; si está cariñoso porque tiene cerca a su querida Irina… Con Cristiano, digo, no necesitas un GPS para conocer de qué pie cojea y que careto gasta. Pero lo que desconocíamos hasta ahora era que además de cabreado, contento, simpático o cariñoso, Cristiano Ronaldo también podía estar triste. Si nos guiamos por lo declarado el pasado domingo: triste… y solo, como un poema de Rubén Darío.

Son múltiples las razones esgrimidas para justificar por qué los suspiros se escapan de su boca de fresa, que ha perdido la risa, que ha perdido el color. Que si está de morros con Marcelo porque ha ido diciendo no se qué de Casillas y el Barça. Que si no es el capitán del equipo cuando hasta el Pipita Higuaín, con el que no se ajunta, lo es (en Chamartín toda la puñetera vida se ha asignado la capitanía por antigüedad). Que si no se siente arropado por la entidad madridista cuando va a recoger las migajas azulgranas (siempre ha tenido de fiel escudero a Emilio Butragueño, Florentino nunca ha acudido a ninguno de esos fastos, salvo el día que la UEFA entregó al Real Madrid el galardón de Mejor Club del Siglo XX). Que el vestuario no le reconoce su sacrificio. Que gana menos parné que otros ‘mataos' como Eto'o, Touré, Drogba o Torres, sobre todo, Torres (Messi también está en esa lista Forbes del balón pero si incluimos el capítulo publicitario estaría por detrás de CR7). Que si le mientan a su chica… Que si patatín que si patatán... Resumiendo, que Cristiano Ronaldo, por unas u otras razones, está necesitado de grandes dosis de cariño, afecto y reconocimiento.

Sea o no verdad la sintomatología de CR7 (algunos de estos síntomas son rigurosamente falsos), el verdadero problema de Cristiano Ronaldo es lo que un amigo del alma mallorquín, periodista y psicólogo, Juanjo Pasarón, denomina Síndrome de Narciso: intolerancia a las críticas, infalibilidad, miedo a la frustración, sed inagotable de admiración, enamorado de sí mismo, abundante necesidad de afecto... Probablemente causado, fundamentalmente, por la poca relación con su madre en la etapa de la niñez (CR7 lo dejó todo por el fútbol a los 11 años). Pero el narciso, y en este caso Cristiano Ronaldo, en el fondo, no deja de ser un niño grande y entre Florentino, Mourinho y Jorge Mendes, las aguas volverán a su cauce, y aquí paz y mañana gloria. Tendría gracia no obstante que, con el tiempo, el rocambolesco episodio de la triste princesa solo fuera recordado como una premonición de que aquella temporada el Madrid alcanzaría la Décima. Ya ocurrió con la Séptima y la portería que se desmoronó el día del Bayern Leverkusen. Sucedió con la Octava y las dos goleadas del Bayern Múnich. Y pasó con la Novena: terceros en Liga, Centenariazo y Casillas suplente de César en la final de París.Y por si faltara algo, juega en el Grupo D. D, de Décima, of course.

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